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11 Enero, 2011 Luis I. Pradanos

Los efectos de la exposición constante a la web

Los efectos de la exposición constante a la web
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Uno de los debates académicos actuales más candentes gira en torno a los efectos que la exposición constante a la web está generando en nuestra manera de pensar, de hablar, de relacionarnos y, en última instancia, de actuar. La neurología en las últimas décadas ha llegado a la conclusión de que el cerebro se caracteriza por su flexibilidad, es decir, que se va moldeando en su interacción con el entorno. En otras palabras, de la inmensa cantidad de conexiones neuronales potenciales el cerebro refuerza aquellas que se usan y elimina las que no. Es una especie de economía cerebral: que no usas esto, pues te lo quito; que lo usas, pues te lo mejoro. De esta manera el cerebro va tomando forma en su interacción con la realidad que le construye y a la cual construye. Ahora bien, si el cerebro cambia al relacionarse con su entorno, ¿de qué manera cambiará al interaccionar con un entorno tecno-social?

La respuesta a esta pregunta no parece estar clara todavía, aunque es obvio que la manera de pensar de los llamados “nativos digitales” sufrirá una modificación mucho más radical que la de la generación bisagra o transitoria (en la que me incluyo). Muchos críticos han notado como la relación que dichos nativos digitales tienen con el lenguaje se está viendo alterada debido a las características de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Estos cambios vienen determinados por el incremento en la capacidad de atender a varias cosas al mismo tiempo (multitasking) en detrimento de la capacidad de concentración prolongada. En otras palabras, son capaces de hacer tareas simultáneas, pero tienen dificultad para seguir un párrafo largo e intelectualmente denso. Esto es sólo uno de los varios cambios notados hasta ahora, hay más. No por ello creo que debamos poner el grito en el cielo como hacen algunos tecnófobos, ni tampoco pensar que acabaremos todos siendo cyborgs liberados de las cadenas de nuestra corporalidad como auguran algunos posthumanistas. Esto es, simplemente, una adaptación al medio como tantas otras. Co-evolucionamos al adaptarnos al nuevo medio que nosotros mismos hemos modificado. Por eso mismo es una co-evolución, porque ya no sabemos quién se adapta a qué, si nosotros al medio o el medio a nosotros (ambas opciones serían correctas).

La pregunta está en si en dicha co-evolución el ser humano será capaz de prosperar o se quedará en el camino como tantas otras especies. Para evitar su extinción deberá dejar de pensar con la parte más primitiva de su cerebro (reptil), la cual fomenta el miedo, la desconfianza y el egoísmo miope (y que además se ha quedado obsoleta en el nuevo entorno), y tirar más de neocortex para poder encontrar soluciones a los nuevos problemas, que ya no tienen que ver con el ataque repentino de un animal tanto como con la pesadilla ecológica en la que estamos convirtiendo el entorno del que dependemos. En palabras de Daniel Goleman, necesitaremos de inteligencia emocional, social y ecológica para superar el obstáculo evolutivo en el cual estamos inmersos debido, me parece, al fundamentalismo financiero del nuevo capitalismo que se nutre de nuestro cerebro reptil (capitaliza, comercializa y fomenta nuestro miedo).

Luis I. Prádanos (Iñaki)

profesor universitario de estudios culturales hispánicos contemporáneos

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